“¿Mi papá sabía cuál es mi color favorito?” me preguntó una vez cuando tenía seis años.
“No, mi amor,” le dije.
Lo acomodé en mi regazo.
“No. Se fue por él mismo.”
Lo repetí muchas veces a lo largo de los años.
A veces hasta lo creía.
Cuando Mateo me dijo a los quince que era gay, no voy a mentir, al principio me costó trabajo.
Porque me crié en una casa donde la gente susurraba de todo aquello que no entendía, y algunos de esos susurros se me habían quedado en los huesos más tiempo del que quería admitir.
Estaba de pie en mi cocina, delgado y temblando, con las manos metidas en los bolsillos de su sudadera.
Yo picaba cebolla para la sopa.
“¿Qué rompiste?”
“Nada.”
“Entonces, ¿por qué pareces a punto de confesar que robaste un banco?”