Daniel le había dado de comer, lo había llevado a la escuela y se había sentado a su lado cuando estaba enfermo. ¿Cómo podía ofrecerle este viejo botín manchado como prueba de mi amor?
Entonces regresó Fabián.
Tenía miedo de lavarlo.
—¿Qué es eso? —preguntó Fabián.
“Algo que hice antes de que nacieras. No era muy buena.”
Extendí las manos con el botín en las palmas.
Levantó la bolsa de plástico y se quedó mirando su contenido.
“¿Lo has guardado contigo todo este tiempo?”
“¿Qué es eso?”
Asentí con la cabeza.
Una expresión cruzó su rostro, una que no pude descifrar. Tragó saliva con dificultad.
Entonces alguien llamó a mi puerta.
Fabián respondió.
“Me alegra que hayas podido venir”, dijo. “De verdad necesitas escuchar esto”.
Alguien llamó a mi puerta.
Se hizo a un lado.
Un hombre mayor entró en la habitación.