Lo que nunca le expliqué fue que yo había protegido la compañía mediante una estructura empresarial creada años atrás.
Las propiedades principales, las máquinas, los terrenos y las participaciones estratégicas pertenecían a distintas sociedades legalmente constituidas.
Yo era la accionista mayoritaria y administradora de la sociedad matriz.
Julian tenía un puesto directivo y ciertas participaciones, pero no era el propietario absoluto.
La mansión donde vivía estaba registrada a nombre de una sociedad patrimonial.
Los dos vehículos de lujo que conducía eran vehículos de empresa.
Incluso la oficina desde la que presumía de ser un gran empresario pertenecía a una sociedad inmobiliaria que yo controlaba.
Le había permitido disfrutar de todo aquello porque confiaba en él.
Y porque pensaba que algún día estaría preparado para recibir una responsabilidad mayor.
Me había equivocado.