Antes de morir, me dejó una carta.
Recuerdo perfectamente sus palabras:
«Si algún día nuestro hijo hereda algo de mí, quiero que herede también la humildad necesaria para conservarlo».
Durante años trabajé sin descanso.
A las cinco de la mañana preparaba los presupuestos. A las siete visitaba las obras. Por las tardes revisaba facturas y por las noches aprendía contabilidad.
Hubo meses en los que apenas podía comprarme ropa.
Pero Julian nunca pasó hambre.
Estudió en buenos colegios. Tuvo profesores particulares. Se graduó en administración de empresas.
Cuando cumplió veinticinco años, lo incorporé a la compañía.
Le di un despacho.
Un coche.
Un salario que muchos directivos habrían envidiado.
Y cuando cumplió treinta, lo nombré director de operaciones.
No porque estuviera preparado para dirigir toda la empresa.
Sino porque quería darle la oportunidad de demostrar que podía continuar el trabajo de su padre.