El perro estaba protegiendo una bolsa rota

Esta vez fue un llanto mucho más claro.

Sophie se acercó despacio.

El perro retrocedió medio paso, pero no atacó.

—Julien, sujeta la manta. Voy a abrir la cremallera unos centímetros.

Me coloqué a su lado.

La cremallera estaba parcialmente atascada. Sophie tuvo que tirar con mucho cuidado para no hacer ruido.

Cuando finalmente consiguió abrirla, el olor que salió de aquella bolsa nos golpeó de inmediato.

Humedad.

Orina.

Ropa vieja.

Y algo más.

Un olor débil, casi imperceptible, que reconocí enseguida.

El olor de un bebé.

Sophie dejó escapar un grito ahogado.

Dentro había una manta azul.

Y debajo de ella, un pequeño cuerpo.

Un recién nacido.

No podía tener más de unas pocas semanas.

Tenía la cara enrojecida, los labios secos y los ojos apenas abiertos.

Estaba vivo.

—¡Dios mío! —exclamó Sophie.

Durante un segundo, ninguno de nosotros se movió.

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