El corazĂłn de Daniel se rompiĂł.
“SĂ.”
Noé lo miró fijamente.
“¿Por qué esperaste tanto para conocerme?”
Daniel no pudo responder.
Se arrodillĂł junto a la silla de ruedas.
“No sabĂa que existĂas.”
Noé miró hacia Emily.
“Mamá dijo que estabas muy ocupado.”
Daniel casi se rió entre lágrimas.
“Tu madre estaba siendo amable.”
NoĂ© sonriĂł dĂ©bilmente.NoĂ© sonriĂł dĂ©bilmente, una sonrisa tĂmida que dejĂł ver un pequeño hoyuelo en la mejilla izquierda, idĂ©ntico al de Daniel.
—Siempre quise saber si tenĂas mi misma cara —dijo el niño en voz baja, tocándose la punta de la nariz con timidez—. Mamá no tiene fotos tuyas, pero me decĂa que mis ojos eran iguales a los tuyos.
A Daniel se le hizo un nudo insoportable en la garganta. Miró las manos del pequeño descansando sobre los aros de la silla de ruedas: delgadas, pálidas, pero con dedos largos y firmes.