—No depende de mí solamente.
Dije.
—Son tus hijos.
—También de Clara.
El rostro de mi madre cambió.
—Ella nunca va a aceptar.
—Entonces no los conocerás.
Pausa.
—Y tendrás que vivir con eso.
Lloró.
—¿Así de cruel?
La miré.
—No.
Pausa.
—Así de consecuente.
Evelyn escribió una carta a Clara.
No la entregué.
Se la mostré.
—Puedes leerla o romperla.
Clara la miró durante varios días.
Finalmente la abrió.
No me preguntó.
Semanas después dijo:
—Aceptaré una reunión.
—¿Con los niños?
—No.
Pausa.
—Con ella.
Se encontraron en un espacio neutral.
Yo no entré.
Clara me contó después solo lo necesario.
Evelyn no pidió perdón bien al principio.
Dijo:
—Yo quería proteger a mi hijo.
Clara respondió:
—Y para hacerlo decidió que mis hijos podían crecer sin padre.
Eso cambió la conversación.
Mi madre finalmente dijo algo que nunca había dicho: