Pensé que era sobre la custodia.
No.
—Tu madre está enferma.
—¿Qué?
—Me llamó su abogado.
—¿Por qué a ti?
—Quiere ver a los niños.
Sentí rabia inmediata.
—No.
Clara levantó una mano.
—Espera.
—No hay nada que…
—Tiene cáncer de mama.
Eso me calló.
—¿Grave?
—Tratamiento largo.
No terminal, según parece.
Me senté.
—¿Quieres verla?
preguntó Clara.
—No sé.
—No pregunté por los niños.
Te pregunté a ti.
Eso importó.
Pensé.
—Sí.
—Entonces ve.
—¿Y tú?
—No.
—Claro.
—No todavía.
Vi a Evelyn.
Había perdido peso.
No cabello aún.
Cuando entré al hospital lloró.
—Sebastian.
—Hola.
—Pensé que no vendrías.
—Yo también.
Hablamos poco.
Hasta que dijo:
—Quiero conocerlos antes de morir.
Me tensé.
—No estás muriendo.
—Todos lo hacemos.
—No uses eso.
—No lo hago.
Pausa.
—Solo sé que quizá no tengo tantos años como creía.