—Y usaste ese lugar para decidir qué familia podía tener.
Colgué.
A las diez fui al estudio de Clara.
No al apartamento.
Su página pública mostraba la dirección.
Un pequeño local en una segunda planta.
Logo:
Marea Studio.
Limpio.
Sencillo.
Había once escritorios.
Una sala de reuniones pequeña.
Un rincón con juguetes.
Así que los niños probablemente pasaban tiempo allí.
La recepcionista levantó la mirada.
—¿Tiene cita?
—No.
—Entonces…
Clara salió del fondo.
Se detuvo.
—¿Otra vez?
—Necesito hablar.
—Ayer hablamos.
—Encontré la transferencia.
Su cara cambió.
—¿Qué?
—Los dos millones.
Silencio.
—También hablé con mi madre.
Clara cruzó los brazos.
—Felicidades.
—Quiero hacer una prueba de paternidad.
Su rostro se endureció.
—Claro.
—No estoy diciendo que no sean míos.
—Pero quieres verificar.
—Sí.
—Después de verlos.
—Clara.
Respiré.
—Hace cuatro años descubrí que mi esposa podía irse sin que yo entendiera por qué.