Mis dedos tocaron el sobre que contenía el boleto ganador.
Dos horas antes pensaba utilizar aquel dinero para construir nuestro futuro.
Ahora tres personas estaban delante de mí repartiendo incluso lo que mis padres me habían dejado.
Cerré el bolso.
—Contéstame algo.
—¿Qué?
—¿Por qué estás tan seguro de que voy a aceptar?
Daniel pareció sorprendido.
Probablemente porque durante cuatro años yo casi siempre había cedido.
Cuando Patricia enfermó, la acompañé al hospital.
Cuando Kevin perdió el empleo, le presté dinero.
Cuando Daniel tenía problemas, yo reorganizaba mi vida.
Ellos habían convertido mi generosidad en una costumbre.
Daniel endureció la voz.
—Mañana vienen los padres de Melissa a medir la casa.
—Cancélalo.
—No.
—Daniel.
—Si no permites que Kevin viva aquí, tampoco habrá boda.
Me observó esperando que entrara en pánico.
Que pidiera perdón.
Que cediera.
Yo pensé en los millones escondidos dentro de mi bolso.