Durante años siguió pagando la deuda en cuotas.
Algunas llegaron tarde.
Después de varias intervenciones legales, aprendió a ser puntual.
La última transferencia llegó casi seis años después de la boda cancelada.
Treinta minutos más tarde recibí un mensaje.
“Ya terminé.”
Respondí:
“Recibido.”
Luego escribió:
“¿Eso es todo?”
Sonreí.
“Sí.”
Pasaron unos minutos.
Después:
“Quiero disculparme.”
No respondí todavía.
Llegó otro.
“En aquel momento realmente creía que si te casabas con Daniel ibas a convertirte en mi hermana y por eso era normal pedirte ayuda.”
Después:
“Ahora entiendo que yo no quería una hermana.”
“Quería a otra persona que resolviera mis problemas.”
Leí aquellas palabras lentamente.
“Espero que estés bien”, respondí.
“Estoy mejor.”
Eso fue todo.
Nunca nos volvimos amigos.
No lo necesitábamos.
Una disculpa no siempre es una puerta.
A veces es simplemente un cierre.
Con los años, el boleto ganador terminó enmarcado en mi biblioteca.