El heredero de la infamia

Y esa noche, Camila requirió tres ampollas de emergencia para contener el shock hipovolémico causado por la hemorragia.

Quienquiera que haya firmado la extracción de esos narcóticos a las tres de la madrugada no pude haber sido yo, porque a esa hora exacta yo me encontraba en la sala de partos de guardia del ala este atendiendo un parto gemelar con tres testigos médicos presentes.

Ese libro físico contenía la coartada temporal indestructible que desmontaba toda la farsa.

—¿Quién era la enfermera instrumentista de turno esa noche? —pregunté, sintiendo que la garganta se me secaba.

Beltrán tragó saliva, desviando la mirada hacia la esquina oscura de la habitación:

—Teresa. Teresa Morales.

El nombre resonó en mi cabeza como una campana de bronce en una cripta vacía.

Teresa Morales.

La tía materna de Camila. La mujer humilde que Julián Mendoza colocó como jefa de enfermería del pabellón quirúrgico para tener un par de ojos leales dentro de las salas de operaciones.

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