El hombre retrocedió un paso como si hubiera visto a un espectro salido directamente de las profundidades del infierno.
—Vete de aquí… por favor, vete —suplicó en un susurro tembloroso, intentando cerrar la puerta de golpe—. Si ellos saben que viniste aquí, me matarán. Juraron que si alguna vez abría la boca, incendiarían esta casa conmigo adentro.
Apoyé mi pie izquierdo en la base de la puerta, impidiendo que el batiente se cerrara.
—Julián Mendoza se está muriendo, Salvador —solté con una frialdad demoledora—. Y Mateo vino a buscarme esta mañana.
La mención del patriarca moribundo paralizó los movimientos del anciano.
Se quedó inmóvil tras la cadena, con la mirada perdida en el suelo de baldosas sucias.
—¿Julián… se muere? —murmuró con una mezcla grotesca de alivio y pánico—. ¿El viejo lobo por fin rinde cuentas con el diablo?
—Le quedan semanas de vida —continué, manteniendo la presión contra la madera—. Y Camila ha regresado a la ciudad. Han venido a ofrecerme dinero y una “rehabilitación pública” para que cierre la boca antes de que se abra el testamento.