El heredero de la infamia

Recordé su rostro bañado en sudor frío aquella madrugada en el quirófano tres, cuando Julián Mendoza irrumpió en la sala de operaciones con un maletín repleto de fajos de billetes, exigiendo que se alterara el informe de ingreso para colocar mi firma como médico responsable del aborto.

Beltrán temblaba mientras sostenía el laringoscopio.

«Firma tú, Valeria, por lo que más quieras», me había suplicado Beltrán en un susurro desesperado en el vestuario de médicos minutos antes de que llegara Mateo. «Si no lo haces, don Julián destruirá a mi familia. Tiene pagarés de mi hipoteca en su banco. Me quitará la casa y meterá a mi hijo a la cárcel por las deudas de juego».

Yo me negué rotundamente a firmar un procedimiento que no había realizado y que violaba todos los códigos éticos de mi profesión.

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