En el banco de madera exterior estaba sentada Marta, una pescadora local, sosteniendo en brazos a su hijo de tres años, envuelto en una manta de lana basta.
El niño respiraba con dificultad, con las mejillas encendidas por la fiebre alta.
—Pasa, Marta —dije con una calidez forzada en la voz, abriendo paso hacia la camilla—. Disculpa la demora.
Durante las siguientes cuatro horas, me obligué a concentrarme únicamente en mi labor.
Con la mano izquierda adiestrada por diez años de práctica solitaria, preparé una compresa fría con solución salina, ausculté el pecho congestionado del pequeño utilizando un estetoscopio antiguo y le administré la dosis exacta de antipirético pediátrico por vía oral.
El trabajo manual me devolvía la cordura.
Cada vida que lograba aliviar en este rincón olvidado era una bofetada silenciosa contra la sentencia que Mateo me arrojó al rostro hace una década: «Una mujer con un corazón tan podrido no merece vestir una bata blanca».