Sentí una punzada tan violenta en el pecho que temí que mi corazón se detuviera por unos segundos.
«Gratitud».
El hombre que ordenó a los guardias de seguridad del hospital confiscar mi teléfono aquella noche, el hombre que redactó la carta de despido fulminante y pagó a los directivos para que borraran las grabaciones de las cámaras de seguridad del pasillo, según Mateo, merecía mi gratitud.
La ceguera de Mateo rozaba la imbecilidad patológica.
Había sido manipulado por su padre y por su hermana adoptiva con una facilidad humillante, convirtiéndose en el perro de presa que destrozó la vida de su propia esposa para proteger una aberración moral.
—Llévate las joyas, Mateo —dije, señalando el estuche abierto sobre la mesa—. Y llévate la comida. No tengo apetito.
Mateo dio un paso hacia el frente, cerrando la distancia entre ambos hasta quedar a escasos centímetros de mi rostro.