El heredero de la infamia

Mis pómulos estaban hundidos, el cabello castaño recogido en un moño descuidado y surcado por finas hebras plateadas prematuras.

Mi hombro derecho caía varios centímetros por debajo del izquierdo debido a la atrofia muscular progresiva.

Extendí la mano izquierda y tracé la línea de mi cuello.

Recordé el tacto de las sedas que Mateo me compraba, los collares de diamantes con los que adornaba mi cuerpo en los aniversarios para que luciera perfecta ante sus socios comerciales.

Todo había sido un decorado grotesco.

A las ocho en punto, el polvo de la gravilla volvió a crujir en el exterior.

Esta vez no era un sedán deportivo.

Era una camioneta blindada de color negro azabache, escoltada por dos vehículos idénticos.

La comitiva oficial de la presidencia del Grupo Mendoza.

El chófer bajó de inmediato para abrir la puerta trasera con una reverencia mecánica.

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