Cerré la puerta de golpe y eché el cerrojo de hierro oxidado con mi mano izquierda, apoyando la frente contra la madera agrietada.
Un temblor incontrolable comenzó a sacudirme el pecho.
No era miedo. Era la náusea pestilente del pasado arrastrándose de nuevo hacia mi garganta.
Giré despacio y miré hacia el rincón del dispensario.
Allí estaba la repisa de pino sin pulir.
A la izquierda, la pequeña urna de madera de nogal donde descansaban los restos de Joaquín, mi hijo, quien apenas vivió siete días en este mundo cruel.
A la derecha, la carpeta médica descolorida con el sello del Hospital Central de la capital.
Caminé arrastrando los pies hacia el estante, sintiendo cómo el peso de mi brazo muerto tiraba de mi hombro derecho con un dolor sordo y familiar.
Extendí los dedos de la mano izquierda y rocé la superficie de la urna.