El heredero de la infamia

Aproveché ese instante de distracción para zafar mi muñeca izquierda de su contacto.

Di un paso hacia atrás, cruzando el umbral de madera carcomida de mi modesto dispensario.

Mi brazo derecho, inerte y pesado, colgaba a un costado de mi cuerpo como un péndulo roto, completamente insensible al frío de la tarde.

—Si no tienen ninguna emergencia médica real, retírense —dije en un susurro gélido, sin levantar la voz.

Mateo volvió a clavar sus ojos oscuros en mí.

Eran los mismos ojos que diez años atrás me miraron con repugnancia mientras mis dedos se quebraban contra el metal de la puerta.

—Valeria, no voy a dejarte en este basurero —sentenció él, endureciendo la mandíbula—. Si hoy estás resentida, lo entiendo. Es natural. Pero vendré mañana, y pasado mañana, hasta que entiendas que tu lugar está a mi lado.

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