El heredero de la infamia

El chirrido áspero del polvo rozando el vidrio quebró el silencio denso que nos envolvía.

Camila permanecía paralizada sobre la gravilla, con los labios ligeramente entreabiertos y la piel desprovista de cualquier rastro de color.

Sus pupilas, dilatadas por un espanto visceral, seguían ancladas en la carpeta de cartón amarillento que reposaba en mi estante.

Mateo todavía no comprendía.

Su mano derecha, enfundada en la manga de un abrigo de cachemira impecable, seguía aprisionando mi muñeca izquierda con una firmeza posesiva.

Podía sentir el calor invasivo de sus dedos atravesando la tela gastada de mi suéter de lana.

Era el mismo agarre férreo con el que solía conducirme a través de las galas benéficas de la alta sociedad, exhibiéndome como un trofeo dócil.

—¿Qué ocurre contigo, Camila? —preguntó Mateo, girando la cabeza hacia su hermana con un deje de impaciencia contenida.

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