El heredero de la infamia

Sebastián vestía un traje azul marino a medida, confeccionado en Savile Row, con la corbata ajustada al milímetro.

—Buenos días, mi amor —dijo él, levantando la vista de su tableta corporativa con una sonrisa ensayada.

—Buenos días —respondí, sirviéndome una taza con pulso de cirujano.

Observé cómo untaba mermelada de higos sobre una tostada.

Sus dedos eran largos, elegantes, los mismos que habían firmado conmigo los primeros contratos de arrendamiento cuando no teníamos ni para pagar la luz del laboratorio.

—¿Pudiste descansar? Te sentí inquieta anoche —comentó con tono casual, sin mirarme directamente a los ojos.

Un micro-movimiento en la comisura izquierda de sus labios traicionó su fingida despreocupación.

—Tuve una pesadilla extraña —respondí, dejando la taza sobre el plato de porcelana con un tintineo sordo—. Soñé que una auditoría externa congelaba todas las patentes de Innova por discrepancias en las firmas de los fundadores.
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