Apretó al recién nacido contra su pecho, empujó las ruedas de su silla con las manos ensangrentadas por el esfuerzo de la herida fresca de la cesárea y se arrastró hacia la puerta de salida sin mirar atrás ni una sola vez.
Ninguno de los abogados presentes se atrevió a sostenerle la puerta.
El chasquido metálico de la cerradura electrónica al cerrarse tras ella selló su expulsión definitiva del paraíso de riqueza que había intentado usurpar.
En la sala de juntas solo quedaron doña Elena, los notarios inmóviles y Sebastián, que seguía arrodillado sobre la alfombra, con la frente apoyada contra el borde de la mesa de caoba.
El silencio volvió a ser total.
Doña Elena respiró hondo, enderezó su espalda curvada por los años y miró directamente a la cámara que transmitía a Ginebra.