—Sebastián… suéltala —ordenó la madre con un hilo de voz que cortaba como una hoja de afeitar.
Sebastián no la soltó.
Su respiración salía en estertores broncos y profundos.
Sus ojos, inyectados en sangre, pasaban de la pantalla al rostro aterrorizado de su amante.
—Tú me dijiste que el tratamiento en Guadalajara había sido con mi muestra congelada —susurró él, con una voz que vibraba con un tono peligroso, al borde de la demencia—. Me juraste que los biólogos habían logrado aislar mis espermatozoides viables después del tratamiento hormonal.
—¡Y así fue, mi amor! ¡Te lo juro por la virgen de Guadalupe! —sollozaba Camila, cubriendo la cabeza del bebé que no paraba de berrear—. ¡Mariana quiere destruirnos! ¡Quiere quitarnos al niño porque ella no pudo parirte nada!
—El doctor Armenta y el doctor Morales testificaron ante notario público ayer por la tarde, Sebastián —agregué desde Suiza, con un tono pausado que contrastaba de forma brutal con el melodrama que se desarrollaba en Monterrey—. Los registros de la clínica de fertilidad en Guadalajara indican que Camila contrató un paquete de fecundación con donante anónimo de fenotipo caucásico en diciembre del año pasado.