El heredero de la infamia

Retrocedí paso a paso sobre la alfombra afgana, deslizándome en la oscuridad como una sombra espectral.

Me metí de nuevo bajo las mantas.

Apreté los párpados con fuerza cuando, dos minutos más tarde, sentí el peso de su cuerpo hundiéndose en el colchón.

Sebastián extendió un brazo y me rodeó la cintura con fingida ternura.

Su respiración olía a whisky de malta y a menta artificial.

No me moví.

Ni una pestaña tembló.

En ese preciso instante comprendí que siete años de sudor compartido, de deudas saldadas y de noches en vela construyendo Grupo Innova no valían nada frente a la vanidad de un heredero varón.

A la mañana siguiente, el comedor lucía tan impecable como una fotografía de revista de arquitectura.

El aroma a café recién tostado y pan de masa madre llenaba el aire de una aparente normalidad doméstica.

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