El heredero de la infamia

—Los bancos no van a embargar nada, Sebastián —respondí con una serenidad implacable—. Porque yo misma compré la cartera de deuda subordinada a través de mi consorcio fiduciario hace exactamente cuarenta y ocho horas.

Sebastián dio un paso atrás, como si acabara de recibir una descarga eléctrica en el pecho.

Sus piernas chocaron contra su silla de piel.

—¿Qué dijiste?

—No le debes dinero a BBVA ni a Santander, querido. Me lo debes a mí.

Doña Elena golpeó con fuerza la contera de su bastón contra el parquet de la sala.

El eco retumbó en la habitación como un disparo.

—¡Basta de tecnicismos bancarios y argucias de abogada barata! —sentenció la anciana con desdén visceral—. El dinero va y viene, Mariana. Mi difunto esposo levantó tres veces sus fábricas después de las devaluaciones del siglo pasado. La tierra y el apellido son lo único que permanece.

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