El heredero de la infamia

Sebastián estaba de rodillas frente a una caja fuerte vacía.

Las acciones se desangraban en el parqué financiero.

Los bancos congelaban las líneas de crédito por falta de garantías colaterales.

Y en unos minutos más, el informe genético que yo misma había programado para liberarse desde un servidor en Suiza golpearía su teléfono como un misil teledirigido.

El cazador se había convertido en la presa más patética de su propia trampa.

Pero la partida no había terminado.

Aún quedaba el aterrizaje en Ginebra, la apertura formal del arbitraje comercial internacional y la estocada final que reduciría el nombre de Sebastián Garza a un simple suspiro en los tribunales europeos.

Tomé el teléfono satelital, redacté un nuevo mensaje cifrado dirigido al doctor Armenta en el laboratorio y lo envié antes de que el avión iniciara su descenso a través de la densa niebla alpina.

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