El heredero de la infamia

Luego, se llevó el aparato al oído.

—Ya te dije que no me llames a este número a deshoras —susurró él, con una voz rasposa que no reconocí como suya—. Si Mariana se entera de las transferencias a la cuenta fiduciaria, el fideicomiso se viene abajo antes de que nazca.

Un silencio tenso se instaló en el vestidor.

Sebastián pasó el dorso de la mano por su frente, empapada en un sudor frío e imperceptible a simple vista.

—El departamento en Valle Oriente ya está a tu nombre —continuó en un tono más bajo, casi inaudible—. No hagas berrinches innecesarios. En cuanto pase la auditoría del tercer trimestre, formalizaremos la reestructuración.

Dio media vuelta hacia el espejo.

Sus ojos, habitualmente cargados de esa calma calculadora que tanto fascinaba a los inversionistas de Nueva York, lucían desorbitados.

Había en ellos una mezcla corrosiva de ambición y pánico.

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