También tomé el disco duro con los algoritmos maestros y descargué la lista de contactos encriptados.
Cuando devolví la llave a su llavero y limpié cualquier rastro microscópico de polvo en el teclado de la caja fuerte, el sudor corría frío por mi espalda.
Si Sebastián despertaba en ese momento, no saldría viva de esa casa.
Él tenía guardias armados en el perímetro exterior que respondían ciegamente a sus órdenes.
Pero el sedante hizo su trabajo a la perfección.
Sebastián roncaba pesadamente en la suite principal, soñando con el nacimiento de su hijo y la gloria de su campanazo en Wall Street.
Y ahora, aquí estaba yo.
A once mil metros de altura, sobrevolando las aguas gélidas del Atlántico Norte en un Falcon 900 con matrícula suiza.
El reloj de mi pantalla indicaba las 03:42 de la madrugada en Monterrey.