El heredero de la infamia

En la casa, Sebastián comenzó a notar sutiles cambios en mi comportamiento.

Una noche, mientras cenábamos en el jardín bajo las pérgolas de bugambilias, dejó su tenedor sobre el plato con un golpe deliberado.

—Mariana, llevas semanas ausente —dijo, clavando sus ojos oscuros en los míos—. No hablas de los planes de la salida a bolsa. Cancelaste tus entrevistas con la revista Expansión y la semana pasada no asististe a la reunión de accionistas principales. ¿Se puede saber qué demonios te pasa?

La criada que retiraba los platos se congeló en su sitio ante la agresividad en su voz.

Le hice una seña con la mano para que se retirara y nos dejara solos.

Mantuve la calma absoluta.

Corté un trozo de espárrago a la parrilla, lo mastiqué con parsimonia y bebí un sorbo de agua mineral con gas.

—Estoy cansada de las apariencias, Sebastián —respondí, midiendo cada milímetro de mi entonación.

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