Me reuní con Morales en su consultorio privado un sábado por la tarde, después de que concluyera sus consultas regulares.
Entré sin anunciarme, cerrando la puerta con seguro a mis espaldas.
El médico se puso de pie de inmediato, molesto por la intrusión.
—Señora Garza… esto es irregular. Si necesita una consulta, debe agendar con recepción.
No pronuncié una sola palabra inicial.
Caminé lentamente hacia su escritorio y deposité sobre el secante de cuero un pagaré original por tres millones y medio de pesos, adquirido esa misma mañana a través de una de mis empresas fantasma que compró la cartera vencida de sus acreedores.
Morales miró el documento y su rostro se tornó del color de la cera virgen.
Las gotas de sudor comenzaron a brotar en la línea de su cabello ralo.
—¿Qué… qué significa esto? —tartamudeó, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra el respaldo de su silla ergonómica.