El heredero de la infamia

—No quisiste saberlo, Mateo —respondí, mirándolo desde mi altura con un desprecio tan puro que no quedaba espacio ni para el rencor—. Te convenía más creer que yo era una perra envidiosa antes que aceptar que tu honorable padre era un corruptor de menores y que tu hermana adoptiva era una farsante sin escrúpulos.

Caminé hacia él lentamente.

Me detuve a escasos centímetros de su cabeza humillada en el suelo.

Metí la mano izquierda en mi bolsillo interior y saqué la tarjeta de memoria que contenía los registros bancarios en Suiza de los sobornos pagados a los directores del hospital y a la clínica clandestina.

La dejé caer sobre su nuca.

La diminuta pieza de plástico negro rebotó contra su cabello impecable y cayó al suelo entre sus manos temblorosas.

—Ahí están las pruebas forenses de cada centavo que tu padre desvió para pagarle el silencio a los médicos —dije con una frialdad matemática—. Haz con ellas lo que dicte tu cobardía corporativa. Puedes destruirlas y seguir viviendo en tu burbuja de sangre, o puedes entregarlas al Ministerio Público. Ya no me importa.

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