El heredero de la infamia

La sala entera se congeló.

Nadie se atrevía a respirar.

Valdés leyó en silencio durante varios segundos, con el rostro mudando del escepticismo inicial a un horror absoluto.

—Licenciado… ¿qué dice ahí? —exigió Mateo con un tono que pretendía sonar amenazante, pero que se quebró a mitad de la frase por una debilidad desconocida.

El abogado levantó la vista, desprovisto de su habitual condescendencia corporativa.

Miró primero a Camila, que permanecía encogida contra el terciopelo del sillón, y luego clavó una mirada llena de lástima e incredulidad en Mateo.

—Don Mateo… —comenzó Valdés con un hilo de voz temblorosa—. La intervención quirúrgica del catorce de septiembre… no fue practicada por la doctora Valeria.

Un silencio glacial cayó sobre el gran salón de Las Lomas.

—¿Qué estás diciendo? —susurró Mateo, dando medio paso hacia la mesa, con las manos abiertas y los dedos rígidos—. Ella era la jefa de servicio. Ella firmó el informe que llegó a la prensa…

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