El heredero de la infamia

Un músculo comenzó a palpitar con violencia descontrolada debajo de su ojo izquierdo.

—¿De qué estupidez estás hablando? —preguntó con voz áspera, aunque un temblor casi imperceptible delató su desconcierto—. Esas cenizas…

—Son las de Joaquín —respondí, bajando el brazo con una lentitud ceremonial—. Tu hijo legítimo. El niño al que dejaste morir sin atención médica porque estabas demasiado ocupado complaciendo el capricho incestuoso de esta familia.

Un murmullo ahogado se alzó entre las damas de la sociedad que ocupaban los sillones laterales.

—¡Cállate! —bramó Mateo, levantando un puño cerrado en el aire, con el rostro enrojecido por la ira ciega—. ¡No permitiré que ensucies el nombre de mi hermana ni un segundo más en mi propia casa! ¡Ya fue suficiente de tu rencor venenoso!

—¿Hermana? —solté una risa baja, amarga y desprovista de cualquier alegría—. Mírala bien, Mateo. Pregúntale a tu adorada y pura Camila qué fue lo que mandó quemar anoche en mi dispensario.

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