El heredero de la infamia

Mateo giró sobre sus talones con brusquedad.

Al verme allí, su expresión transitó de la sorpresa a una furia arrogante en una fracción de segundo.

—¿Valeria? —escupió él, dando tres pasos agigantados hacia mí, invadiendo mi espacio con esa presencia intimidante que siempre usaba para doblegar a los demás—. ¿Perdiste el juicio por completo? ¿Cómo te atreves a presentarte en esta casa en semejante estado? ¡Mi padre está agonizando en la planta alta!

Las tías y los abogados guardaron un silencio sepulcral, observando el drama con una mezcla de morbo y escándalo contenido.

No retrocedí ni un milímetro.

Sostuve la mirada de Mateo con una fijeza tan helada que su paso se frenó a escasos cincuenta centímetros de mi pecho.

—Tu padre no puede morir todavía, Mateo —dije, con una voz clara, reposada y penetrante que retumbó en cada rincón del alto techo abovedado—. No antes de que termine de presenciar el pago de su deuda.

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