El heredero de la infamia

Él había conocido a mi bebé.

Era el mismo muchacho que diez años atrás custodiaba el acceso al estacionamiento del hospital y que me vio salir empapada en sangre y llanto aquella noche fatídica.

—Tu madre no necesita hablar conmigo ante un juez —continué, bajando la voz hasta un susurro íntimo—. Solo necesito la llave del casillero de archivo del sótano del Hospital Central. El libro foliado de narcóticos del quirófano tres.

Ernesto desvió la mirada hacia el pavimento de piedra volcánica.

Sus dedos, gruesos y nudosos por el trabajo manual, se crisparon sobre el cinturón de cuero.

—El señor Julián Mendoza está en agonía, doctora —dijo él, con la voz quebrada por un nudo de angustia antigua—. Llamaron a un sacerdote a la mansión de Las Lomas anoche para los santos óleos. Toda la familia está reunida allá ahora mismo: los tíos, los accionistas, los abogados…

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