Esa era la pregunta que me quitaba el sueño.
Esa era la pieza suelta que no encajaba en su perfecto rompecabezas de traición.
—Me alegro mucho por ti, Camila —le respondí, sosteniéndole la mirada con una serenidad tan helada que su sonrisa vaciló por una milésima de segundo—. Cuídate mucho. A veces los planes perfectos tienen variables que nadie logra prever.
Camila parpadeó dos veces, desconcertada por mi falta de reacción emocional, tomó las carpetas y salió apresuradamente de la oficina con el taconear hueco de sus zapatos sobre el mármol.
La primera pista contundente llegó un viernes de lluvia torrencial.
Sebastián asistía a una cena de gala con la Asociación Nacional de Empresarios Biotecnológicos.
Yo había fingido una jaqueca insoportable para quedarme en casa.
Tan pronto como el portón automático se cerró tras su camioneta blindada, me dirigí al sótano de la residencia.