El heredero de la infamia

Cada sílaba suya estaba cargada de un veneno sutil, diseñado para recordarme mi supuesta «infertilidad».

Durante cinco años, Sebastián y yo habíamos recorrido clínicas de fertilidad en Houston, Madrid y Tel Aviv.

Inyecciones diarias de hormonas que me dejaban los muslos amoratados.

Punciones ováricas dolorosas.

Esperas agónicas en salas de recuperación donde cada prueba negativa se sentía como un duelo de muerte.

Y Sebastián, en cada uno de esos fracasos, me abrazaba susurrando: «No te preocupes, mi amor, lo intentaremos otra vez. Lo que más deseo en este mundo es un hijo tuyo».

Mentiroso.

Miserable calculador.

El informe andrológico que yo misma había interceptado en el laboratorio central semanas atrás demostraba que el conteo espermático de Sebastián era severamente bajo, casi incompatible con una fecundación natural.

¿Cómo había quedado embarazada Camila entonces, de forma tan espontánea y milagrosa?

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