El temblor de mi cuerpo cesó gradualmente.
El llanto se extinguió, no por alivio, sino porque la fuente misma de las lágrimas se secó en mi pecho, dejando en su lugar una roca sólida de odio puro y cristalino.
Levanté la cabeza despacio.
Mi rostro estaba manchado de cenizas húmedas y barro grisáceo.
Miré la base de madera de la urna que yacía a medio metro de distancia, intacta bajo el mostrador.
Me arrastré hacia ella con la mano izquierda y deslicé las pinzas bajo el doble fondo de terciopelo.
La tarjeta de memoria impermeable seguía allí.
Intacta.
Y en el bolsillo interior de mi abrigo, la confesión jurada del doctor Beltrán descansaba a salvo contra mis costillas.
Camila se había llevado el papel en blanco.
Se había llevado la ilusión de la victoria.
Y Mateo creía que me quedaban seis días para doblar la rodilla ante su poder económico.