El heredero de la infamia

Una luz tenue y temblorosa, proveniente de linternas de mano, bailaba en el interior de la sala de espera a través de los cristales rotos.

Me pegué contra la pared de piedra de la casa contigua, conteniendo la respiración.

El utilitario gris no estaba en la calle.

Habían venido a pie por el sendero de la playa.

El corazón me latía con tanta fuerza en los oídos que apenas podía escuchar el rumor del oleaje.

Asomé la cabeza con cautela detrás del muro de piedra.

Por la rendija de la puerta abierta, distinguí dos sombras masculinas revolviendo frenéticamente los archivadores de metal de mi oficina.

El ruido de papeles desgarrados y frascos de vidrio cayendo al suelo resonó en la noche.

Buscaban el expediente médico.

El cebo que había dejado en la repisa.

Uno de los hombres, vestido con una chaqueta oscura y capucha, se acercó al estante de pino.

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