A las dos de la madrugada Teresa comenzó a llorar.
A las tres yo ya no podía dejar de caminar por la cocina.
Y poco después de las cuatro estábamos preparándonos para pedir ayuda formal y continuar la búsqueda.
Tenía el teléfono en la mano.
Mi dedo estaba sobre la pantalla.
Entonces escuché una llave girar en la cerradura.
Eran las cuatro y treinta y siete de la madrugada.
Me levanté tan rápido que golpeé la silla.
La puerta se abrió.
Mateo entró.
Estaba solo.
No había rastro de Emiliano.
Durante un segundo sentí un alivio tan grande que casi me faltó el aire.
Después llegó la rabia.
—¡Mateo Salgado! ¿Dónde has estado?
Mi hijo levantó la mirada.
—Mamá, yo…
—¡No me digas mamá como si no hubiera pasado nada! ¡Llevamos toda la noche buscándolos!
—Déjame explicarte.