DURANTE OCHO FINES DE SEMANA, MI HIJO DE 16 AÑOS ME DIJO QUE DORMÍA EN CASA DE SU MEJOR AMIGO. A LAS 4:37 DE LA MADRUGADA REGRESÓ CON LOS BRAZOS LLENOS DE QUEMADURAS. CUANDO DESCUBRÍ LO QUE HABÍA ESTADO HACIENDO, NO PUDE DEJAR DE LLORAR.

Se sentó frente a mí en la mesa de la cocina.

Dejamos los teléfonos sobre la superficie.

Con el volumen al máximo.

La luz principal permaneció encendida.

No sé por qué.

Supongo que cuando una madre tiene miedo de recibir una mala noticia, hasta apagar una lámpara parece una decisión imposible.

Teresa se frotó el rostro.

—Verónica, ¿Mateo ha estado comportándose diferente?

Quise responder que no.

Pero entonces comencé a recordar.

Durante los últimos dos meses, Mateo había regresado agotado todos los domingos.

Algunas tardes se quedaba dormido en el sillón antes de las seis.

Otras veces apenas terminaba de comer y se encerraba en su habitación.

También había comenzado a bañarse inmediatamente después de llegar.

Ni siquiera dejaba sus tenis junto a la puerta.

Entraba directo al baño.

Y había dejado de contarme qué hacía con Emiliano.

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