DURANTE OCHO FINES DE SEMANA, MI HIJO DE 16 AÑOS ME DIJO QUE DORMÍA EN CASA DE SU MEJOR AMIGO. A LAS 4:37 DE LA MADRUGADA REGRESÓ CON LOS BRAZOS LLENOS DE QUEMADURAS. CUANDO DESCUBRÍ LO QUE HABÍA ESTADO HACIENDO, NO PUDE DEJAR DE LLORAR.

 

Yo finjo no escucharlos.

 

Pero siempre preparo un poco más.

 

No porque Emiliano siga pasando hambre.

 

Sino porque se ha convertido en una costumbre de nuestra familia.

 

Y porque me gusta saber que hay lugar para él en nuestra mesa.

 

Sin embargo, hay algo que todavía guardo en un cajón.

 

Una tarjeta de cumpleaños.

 

La misma que Teresa colocó sobre el regalo de Mateo aquel once de julio.

 

Mi hijo me la entregó en noviembre.

 

No dijo nada.

 

Simplemente la deslizó sobre la mesa de la cocina.

 

Yo la abrí.

 

Reconocí inmediatamente la letra de Teresa.

 

Había una explicación sobre el regalo sencillo.

 

Unas palabras acerca de los tiempos difíciles.

 

Y una promesa de compensarlo cuando pudiera.

 

He leído aquella tarjeta muchas veces.

 

Pero no es la parte del dinero la que me hace llorar.

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