Mateo no parecía preocupado.
Yo sí.
Cada vez que lo veía con una camiseta de manga corta, mis ojos buscaban aquellas marcas.
A veces me quedaba observándolas demasiado tiempo.
Una tarde de febrero, Mateo me descubrió.
Estábamos en la cocina.
Él preparaba un vaso de agua.
Yo miraba su brazo.
De pronto suspiró.
—Mamá, ya deja de hacer eso.
Levanté la mirada.
—¿Hacer qué?
—Mirarme las quemaduras.
Me quedé callada.
—No puedo evitarlo, hijo.
Mateo dejó el vaso sobre la mesa.
—Tú las miras como si me hubiera pasado algo terrible.
Sentí que el pecho se me apretaba.
—Te lastimaste.
—Sí, mamá. Me quemé trabajando.
—No debiste estar allí.
—Ya lo sé.
Se acercó.
—Pero no quiero que cada vez que me veas recuerdes solamente eso.