Cuando terminé de comprenderlo,
me quedé mirando a mi hijo.
—¿De verdad pensaste que yo haría eso?
Mateo asintió.
—Sí, mamá.
—Pero sólo quería ayudar.
—Ya sé.
Guardó silencio.
Después añadió:
—A veces la gente necesita ayuda sin que todo el mundo se entere.
No pude responder.
Porque tenía razón.
Y lo peor era que había aprendido aquella lección observándome.
Yo siempre me había considerado una mujer generosa.
Si alguien necesitaba algo, intentaba ayudar.
Preparaba comida.
Ofrecía dinero.
Buscaba soluciones.
Pero nunca me había preguntado si la persona quería recibir aquella ayuda de la manera en que yo la ofrecía.
Nunca había pensado que la vergüenza también podía convertirse en una carga.