Sino sentado en una pequeña mesa de empleados, a las dos de la madrugada, comiendo un bolillo mientras descansaba unos minutos de su turno.
Dos adolescentes estaban arriesgando su salud para resolver problemas que nunca debieron cargar solos.
Y las dos madres que los amábamos no habíamos visto lo que ocurría.
El domingo siguiente, después de que Mateo durmió varias horas, nos sentamos a hablar.
Yo todavía estaba confundida.
Había pasado de la rabia al miedo.
Del miedo al alivio.
Y del alivio a una culpa que no sabía dónde colocar.
Le pregunté:
—Hijo, ¿por qué no viniste conmigo?
Mateo miró sus manos.
—Porque habrías ido a casa de Emiliano.
—Claro que habría ido.
Él asintió.
—Exactamente.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
Mateo tardó un momento en responder.
—Habrías llevado comida, mamá.
—Por supuesto.
—Y dinero.