No tendría que fingir que no tenía hambre frente a un plato casi vacío.
No tendría que verla repartir la comida en porciones más pequeñas.
Durante semanas, aquel muchacho caminó veinte minutos adicionales para evitar que su madre se sintiera culpable por no tener suficiente comida.
Cuando Teresa me contó eso, lloró de una manera que nunca le había visto.
—Yo pensaba que estaba enamorado, Vero.
Se cubrió el rostro.
—Mi hijo tenía hambre y yo pensaba que estaba enamorado.
La abracé.
No encontré palabras.
Porque no existía ninguna frase capaz de aliviar aquello.
Y en las noches que Emiliano trabajaba en la panificadora, le decía a Teresa que estaba cenando en nuestra casa.
Ella se quedaba tranquila.
Creía que por lo menos su hijo estaba comiendo bien.
Y, en cierto sentido, sí comía.
Pero no en mi cocina.