Había creído que el dinero provenía de una parroquia cercana.
Meses antes había acudido a la iglesia de San José para pedir información sobre algunos servicios comunitarios.
Por eso, cuando encontró el primer sobre, pensó que alguien de la parroquia había decidido ayudarla.
Recordaba perfectamente la mañana.
Abrió el sobre en la cocina.
Vio los billetes.
Y terminó sentada en el piso, llorando.
No sabía quién había dejado aquel dinero.
Pensó en su hermana.
En una antigua compañera.
En su exesposo.
Incluso pensó en mí.
Pero descartó mi nombre casi inmediatamente.
Y la razón me dolió más de lo que esperaba.
—Tú me habrías dicho algo, Verónica —me confesó después—. No habrías podido ayudarme sin hablar conmigo.
Tenía razón.
Teresa me conocía demasiado bien.
Sabía que yo habría llegado a su casa con bolsas del supermercado.