Estaba pálida.
—¿Dónde está Emiliano?
Mateo la miró inmediatamente.
—Está bien, señora Tere. Ya se fue para su casa. Seguro acaba de llegar.
Teresa tomó sus llaves y salió sin siquiera recoger su suéter.
Yo me quedé frente a mi hijo.
Observé otra vez sus brazos.
Las marcas tenían formas parecidas.
Estaban distribuidas casi en la misma dirección.
—Mateo, dime la verdad.
Él respiró profundamente.
—Estuvimos trabajando.
No comprendí.
—¿Trabajando?
Asintió.
—En una panadería.
Miré la harina en su cabello.
Después las quemaduras.
Y sentí que algo dentro de mí se rompía.
Mateo y Emiliano llevaban ocho fines de semana trabajando de noche en una panificadora industrial ubicada en una zona de bodegas al otro lado de la ciudad.
El lugar abastecía pan a varias tiendas y supermercados.
Los hornos funcionaban durante toda la madrugada.
Un hombre llamado Rogelio les había ofrecido trabajo.