—¡Ocho fines de semana, Mateo! ¡Ocho! ¿Dónde has estado durmiendo?
Él abrió la boca.
Pero no respondió.
Entonces levantó un poco la cabeza.
La luz del pasillo iluminó su rostro.
Y lo vi de verdad.
Tenía los ojos hundidos.
Las mejillas más delgadas.
El cabello desordenado.
Y una sustancia blanca en la frente y detrás de las orejas.
Al principio pensé que era pintura.
Después miré sus brazos.
Las mangas de su sudadera estaban remangadas.
Desde las muñecas hasta cerca de los codos tenía varias marcas rojizas.
Algunas parecían recientes.
Otras estaban cicatrizando.
Eran quemaduras.
Me apoyé contra el marco de la puerta.
—Mateo…
Mi voz cambió por completo.
—¿Qué te pasó?
Él bajó la mirada.
—No es nada, mamá.
Me acerqué.
—¿Quién te hizo esto?
—Nadie.
—Entonces explícame por qué tienes los brazos así.
Teresa apareció detrás de mí.