Sentí que algo se movía dentro de mí.
No fue un dolor.
Tampoco un golpe.
Fue como si una gran cantidad de peso se desplazara lentamente de un lado al otro.
Me quedé inmóvil.
Puse la palma de mi mano sobre el camisón.
Y volvió a suceder.
Sentí un movimiento profundo.
Después una especie de asentamiento.
Como si algo pesado hubiera cambiado de posición.
Me quedé despierta durante horas.
Por primera vez desde la muerte de mi hermana, sentí un miedo que no podía controlar.
Al amanecer llamé a Daniel.
—¿Mamá? ¿Pasa algo?
—Hijo, ¿puedes llevarme al hospital?
Su voz cambió inmediatamente.
—¿Qué tienes?
Miré mi abdomen.
—Creo que ya es momento de averiguar qué me está pasando.
Daniel llegó en menos de veinte minutos.
Cuando abrí la puerta, vi cómo su expresión se transformaba.
Me observó de arriba abajo.
Después miró mi vientre.